Señores, Eurovisión está renaciendo.
Sí, es posible que suene a tópico esta frase que posiblemente se venga repitiendo desde el contundente triunfo de Loreen hace ya 5 años en Bakú.
Este es un hecho nada nuevo para los seguidores y eurofans, pero lo de estos últimos años, salvo el infausto 2013, no ha hecho más que confirmar que el festival está cambiando de forma retroactiva: volviendo a sus orígenes de la mejor forma posible, cuando la canción y sólo la canción era la protagonista.
Ya lo decía el mismo Salvador Sobral segundos después de ser anunciada su victoria: “Music is not fireworks, music is feeling”, palabras reprobadas por los representantes de Australia o Suecia, casualmente dos países que presentan año tras año propuestas de indudable factura sí, pero en los que la canción pasa a ser un 30% frente al 70% de importancia del staging.
Con la excepción de los despliegues técnicos de Rusia y Australia en 2016, los resultados de los últimos años nos confirman que los tiempos de los números vistosos que rozaban el espectáculo circense tras cuyo despliegue podíamos dar las gracias si encontrábamos la mediocre canción que se buscaba maquillar, van quedando atrás, poco a poco, eso sí (Roma no se construyó en un día).
Si algo ha caracterizado a los ganadores de, pongamos, los últimos 4 años (desde 2014) es que, nos gusten más o nos gusten menos, e independientemente del destino afortunado a no de su recorrido comercial, han sido canciones con algo muy importante e indispensable para triunfar, y de lo que desgraciadamente carece la música hoy en día: ALMA, aportada principalmente por intérpretes capaces de traspasar la autenticidad del mensaje de su canción independientemente del idioma, y potenciada por el carisma, la presencia escénica y sobre todo, la empatía de estos últimos.
Conchita y su mensaje de tolerancia e igualdad, Mäns y su alegato anti-bullying a favor de la integración o la indiscutible emotividad de Jamala y Salvador han hecho de sus temas auténticos clásicos recientes del festival, con la suficiente contundencia como para hacer ver que las raíces del festival han vuelto a ser plantadas como para seguir creciendo siempre que a nadie se le ocurra arrancar el tallo de raíz. Que esta última no se vea pisada de nuevo por elementos superficiales.
Remarquemos una vez más esas palabras de Salvador Sobral: “Music is not fireworks, music is feelings”.
Remarquemos una vez más que han sido reprobadas por representantes como los de Rumanía, Suecia o Australia, y tomemos el caso de Suecia, por ejemplo.
Suecia… La meca eurovisiva que es ejemplo de todo y a la vez no es ejemplo de nada.
Ejemplo de todo por el genial trabajo del que todos somos testigos año tras año viendo el Melodifestivalen, por la auténtica seriedad y respeto con el que tratan a la marca Eurovisión, considerado según Christer Björkman por una encuesta como el 3er acontecimiento más importante cada año por un habitante sueco, y sobre todo, con una pasión por el festival inusual en todo el continente sólo comparable con la pasión que en este, nuestro país se vivía hasta hace unos años en torno al fútbol.
…Y ejemplo de nada por una especie de hipocresía que llevan destilando desde su victoria con Loreen (o incluso antes).
Hace unos días se hacían públicas las reglas de participación del Melodifestivalen 2018.
Variedad de idiomas (un país que lleva desde 1999 cantando en inglés).
Al menos un compositor sueco (un país que le da los descartes a otros paises participantes).
Variedad de estilos (¿acaso hay variedad de estilos en las finales del Melodifestivalen cuando previamente se deshacen de todo lo que se aleja del modelo pop mainstream?).
En el año 2013, la SVT apostó por la austeridad siguiendo la estela de la que caracterizó a la actuación que le dio la victoria a Loreen, y que años más tarde se la daría a Mäns Zelmerlow.
Un poco contradictorio que la radiodifusora con puestas en escenas basadas en cristales rotos o cintas de correr (que tenían todo el peso del espectáculo en detrimento de canciones mediocres) abogara entonces por la austeridad.
Esto no es una columna anti-Suecia, ni mucho menos.
Soy megafan del Melodifestivalen y de Suecia, y lo sigo cada año de principio a fin, pero con el suficiente criterio como para ver que es la viva imagen de lo que no debería convertirse el Festival de Eurovisión.
El público europeo se está empezando a despejar de las puestas en escena que maquillan canciones flojas (o “no canciones”, en muchos casos) para pasar a valorar la canción por encima de todo, y para muestra un botón: Suecia no ganó el televoto en 2015 a pesar de lo llamativo (que no recargado) de su puesta en escena, el top-3 del jurado en 2016 fue de canciones coherentes con su puesta en escena (aunque el 3er puesto de Amir o la victoria de Sergey tiren por tierra mis argumentos), y bueno, huelga obviar el top-3 de este año 2017 porque todos hemos sido testigos del predominio de la sencillez y la coherencia escénica.
Si algo nos está quedando claro estos últimos años, es que ya pueden plantarnos puestas escenas policíacas, ruedas de hámster, pantallas con proyecciones plagiadas o cintas de correr, que mientras la sencillez vaya acompañada de la calidad y el magnetismo, poco tendrán que hacer frente a estas últimas.
Por una vez, quizás sólo por una, y no estoy exagerando, muchos países deban seguir la estela planteada por Salvador Sobral y la RTP.
No pasa nada, O meu coraçao pode Amar pelos dois…

La noche y el día… Sencillez en ambos casos con despligue tecnológico en el caso sueco y sobriedad en el caso portugués.

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